¿A dónde van los adolescentes?
Si las cosas que les duelen no son gritos de aturden a la masa. Si no podemos entrar en sus mundos que tiene leyes inconprensibles a la realidad.
¿Dónde están esos lugares a los que no se pueden entrar? Como si el gran pasaporte excluyente a esa entrada adornada de dudas, fuera la propia condición de adolecer o quizás carecer de esas exigentes y entrañadas premisas de confusión.
¿Cómo se llama ese código implícito que tienen? Ya no lo sabemos, resignados a saber que no sabemos qué es. Perdidos en esa red mas grande en la que nos encontramos todo el tiempo sin saber que ese lugar es eso, ese lugar por el cual queremos encontrarlos.
Queremos dar con el resultado de una cuenta que nunca se resuelve, un cuarto que no tiene medidas, a veces tiene ventanas o a veces puertas que cuando al fin parecemos estar decididos a cruzarla solo rascamos una porción de pared sin revestir, gris como el día mas nublado.
Pero es que estuvimos ahí, nunca nos dimos cuenta cuando entramos ni cuando salimos, solo creemos recordar como fue ese escenario tan realmente parecido a la mismísima escalera con forma de caracol que conecta paraíso con infierno.
Las palabras no tienen significados, ni siquiera se piensa en significantes. Los sentidos son meras transiciones para el animo. La compañía silenciosa como un abismo se siente mas calido que un gesto humano que intente llegar abatir una razón ilógica que, comprada y más creada por una mente inconsciente – inocente a la que le duele todo!.
Ese destino inconcluso al que ya no pertenecemos solo viaja en sus cuerpos, en sus pensamientos, en sus sentires. En un silencio mortuoso que solo a ellos los aturde como un cuchillo sin filo que los hace agonizar sin matarlos.
Pero… hagamos voto a la memoria de aquellos años. Si intentamos llegar a aquel lugar desde aquí, desde nuestros años tal vez podamos llegar a dar con el recorrido que transitamos cuando desembarcamos allí, alguna vez, en nuestros años más golpeados. Cuando los golpes no los veían quienes a los que ahora nos parecemos. Donde el corazón saltaba de alegría y se moría de tristeza en un instante y se arrugaba de bronca para desenvolverse sobre la cama del encuentro con la calma que otra vez se volvía de clavos.
Pero entonces… ¿¿a dónde van los adolescentes??... van hacia allá!
No los vamos a encontrar si no los buscamos… allá, allá!, Allá!.